
Se volvió con lentitud para enfrentarse a mí y su movimiento produjo leves olas que rompieron contra mi piel. Sus ojos tenían un brillo plateado sobre su rostro del color del hielo. Retorció la mano hasta que entrelazó sus dedos con los mios bajo la superficie del agua. Estaba tan caiente que su piel fria no me puso la carne de gallina.
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